Este artículo puede que nos haga entender cómo muchas de las mayúsculas respuestas de nuestras vidas se encuentran en los orígenes familiares, en la aceptación o negación de nuestro pasado ancestral, en la lealtad o rechazo a la familia que nos tocó, simplemente, al abrir nuestra alma y nuestra mente a los procesos familiares. Tenerlos conscientes nos hará libres de ataduras impensables. ¿Repites ciclos de vida y no sabes por qué? La teoría de las constelaciones familiares tiene amplias respuestas en torno a ello.

  1. ¿Qué son las constelaciones familiares?
  2. En la raíz está la clave
  3. ¿Por qué negar nuestro pasado familiar?
  4. El agradecimiento sana

1. ¿Qué son las constelaciones familiares?

Los miembros de la familia interfieren e influyen de manera directa e indirecta entre ellos. La gran diferencia está en reconocerlo, en darnos cuenta, porque buena parte de la forma como reaccionamos, tomamos decisiones y repetimos historias tiene que ver con esa influencia. 

Este es el corazón, el centro del tema, la razón de ser de una constelación familiar, nombre del que podemos responsabilizar a Alfred Adler desde hace muchos años atrás, sin embargo, lejos de teorizar demasiado y siendo aún más claros, una constelación familiar es capaz de ejercer tanta fuerza en nuestra psique hasta modificar o guiar nuestras acciones, aun sin saber qué impulso invisible nos mueve.

Esta teoría tiene como fin tratar temas familiares trascendentes y simples para evitar males mayores, es decir, funciona como especie de terapia para revertir procesos y evitar que se repitan fenómenos, desde los más desapercibidos, como el odio familiar, las rencillas, la sensación de soledad, etcétera, hasta los más graves, como el suicidio y la depresión, entre otros que se vuelven patrones que se repiten de manera casi inexplicable.

Pero sí hay una explicación a todo lo que nos ocurre. ¿Acaso es casualidad, destino, influencia? Ese es el trabajo de las constelaciones familiares, llegar a la raíz del asunto y muchas veces el problema es no saber. 

2. En la raíz está la clave

Ordenar la jerarquía familiar y amar nuestra historia ancestral es un poder sanador. A veces juzgamos a los padres y a nuestros descendientes porque no pudieron darnos el amor, la presencia o las cosas materiales que deseamos, sin darnos cuenta de que tal vez era la única opción que tenían. 

Los lazos más fuertes son los que tenemos con quienes nos trajeron al mundo y con nuestra línea genealógica. Si hay nudos en esos lazos nos harán tropezar en la vida. De ahí la importancia de abrir el corazón al perdón y al agradecimiento porque nuestros antepasados fueron instrumentos de Dios para darnos la vida. 

En la serie turca de Netflix, Mi otra yo, habla de que las cajas negras nunca pierden los datos sin importar cuántos golpes reciban. Nuestro pasado es así. Las circunstancias vividas, los sabores, los aromas, todos esperan el momento justo para ser recordados.

Mi otra yo ha puesto en relieve las constelaciones familiares, la psicogenealogía y la transgeneracional. Se trata de la relación incondicional de tres amigas de toda la vida, Ada, Sevgi y Leyla, que se conocen desde que estudiaron juntas en la universidad, pero que fortalecen aún más sus lazos a propósito de una tragedia: Sevgi ha sido diagnosticada con un tipo de cáncer. Esto las lleva a encontrarse a las tres en un viaje físico y espiritual que las hará descubrirse a profundidad en su mundo interior.

En su viaje a Turquía acuden a un sanador de nombre Zaman, un gurú que practica en sus pacientes las ideas acerca de las constelaciones familiares, con lo cual las chicas reconocen que tal vez muchos de sus problemas responden al pasado familiar, a ciclos que seguramente ellas podrán romper si los hacen conscientes.   

El maestro les hace hincapié en que el objetivo es llegar a la raíz, al fondo, a la profundidad de sus preocupaciones y miedos. Ahí están las respuestas, porque nuestro otro yo está conformado por los que pisaron antes que nosotros, sus huellas y raíces, sus dolores, sus experiencias buenas o malas. Pero lamentablemente pareciera que lo malo pesa más.  

Cada diálogo en esta serie se alinea a la teoría y al trabajo de Bert Hellinger. Mi otra yo nos hace reflexionar en las situaciones que vivimos desde la mirada del sistema familiar, entendiendo que las historias de nuestros ancestros quedan grabadas en la memoria familiar y que lo que no es observado y reconocido simplemente se repite. Los pactos que hacemos en silencio con familiares que han sufrido enfermedades, injusticias, sacrificios, se convierten en patrones que se repiten inconscientemente. La madre, la hija, la nieta, las une un vínculo espiritual. 

Más allá de lo físico, eso que no podemos mirar, esas memorias escondidas, nos llevan a la raíz de muchos problemas si las revelamos. Inclusive, pueden existir órdenes de amor que marcan la lealtad familiar. 

Revisa a qué pacto familiar eres leal, tal vez estás atado a él y no lo sabes.  

3. ¿Por qué negar nuestro pasado familiar?

Un pasado negado se repite en las generaciones en los diferentes aspectos de la vida. Y esto no es necesariamente malo, es un mecanismo que nos enseña la oscuridad para aprender a encontrar la luz.

Cuando no aceptamos las historias de nuestros antepasados jamás podremos evolucionar ni como grupo familiar ni mucho menos como persona. 

Normalmente la gente oculta aquellas cosas que ocurrieron en la familia. Se tiene la creencia de que es lo correcto y así lo transmiten de generación en generación. Asumen que escondiendo las desgracias y las penas, estas se difuminarán en el olvido y no es así. 

En toda familia siempre va a haber problemas, situaciones discordantes, difíciles.  Hay familias cargadas de mucho dolor, resentimientos, traumas. Que arrastran los pesares de los padres, y los padres el de los abuelos, y estos los de su anterior generación. Es algo que se vuelve sucesivo y recursivo, que en el tiempo se repite y se repite; como no se ha curado en el camino o no se hizo un cierre de ese ciclo, lamentablemente se convirtió en cargas que fueron trascendiendo en el tiempo, en heridas sin cerrar.

Si no se hurga en la raíz es imposible que alguien sane de dolores, traumas y dramas profundos que marcaron su vida. Y aunque aparentemente lo haya superado es probable que vuelvan. O tal vez que queden ocultos por un tiempo y luego arremetan con toda fuerza en la psique y en las emociones de la persona.

Debemos tratar en lo posible de no avergonzarnos del registro genealógico, porque la vergüenza del pasado familiar trae como consecuencia más dolor. Esas historias no hay por qué ocultarlas o callarlas, porque hacerlo nos hace correr el riesgo de que arrastren creencias erradas.

Antiguamente, por ejemplo, si había en casa un enfermo a nivel psicológico, la familia lo aislaba. Era algo de lo que no se hablaba. A comienzos del siglo pasado ser madre soltera también era un tabú, cuántos abuelos no asumían la paternidad de sus nietos porque no querían que la hija sufriera la presión social o que fuera motivo de vergüenza para la familia.

Hoy en día estos asuntos son más flexibles pero unos años atrás era aterrador ser madre soltera. Ser gay era también un pecado capital, la familia lo rechazaba, lo negaba. Y aún sigue ocurriendo. Sin embargo, la ola de la diversidad sexual, la discusión acerca del género, el posicionamiento femenino, han corrido el velo de la severidad.  

En la lista de los miembros de la familia con patologías o con condiciones de corte disfuncional vamos a encontrar de todo, violencia doméstica, alcoholismo, drogadicción, ludopatía, personas dependientes emocionales, inseguros, agresivos, depresivos, y vamos a encontrar diferencias en las creencias religiosas, políticas, de pensamiento filosófico, académico; habrá en casa analfabetas, cultos, librepensadores, radicales, ¡de todo!  

Siempre va a haber diferencias, lo importante es reconocernos como familia y trabajar de cara cualquier fenómeno, contrariedad, disfuncionalidad, porque estas marcan la secuencia de vida de cada ser humano, marcan su destino y el de todo un árbol genealógico.

Sea cual sea tu caso, toma en cuenta que cada espíritu, cada ser, viene con un grande aprendizaje para la familia y para sí mismo, todos aportamos lecciones para perdonar, para mejorar, para alinear la familia y hacer el trabajo que nos corresponde.

Cada espíritu tiene su propio recorrido, su propio sufrimiento, pero la familia está para darse la mano en el proceso de entender cualquier cosa desfavorable que haya ocurrido o que esté por ocurrir. Aunque duela, es necesario enfrentar las situaciones, pero con una mirada de amor, comprensión, empatía y entendimiento. 

Muchas veces caminamos hacia adelante sin conocer qué es lo que nos hace daño, y si nos damos cuenta de manera oportuna de este tipo de afectaciones que atañen a todo el grupo familiar, podemos evitar desenlaces irreversibles, que, además, serán arrastrados a futuras generaciones. 

A veces las terapias son insuficientes, pero el amor y la comunicación, atreverse a conversar, nos brinda resultados más favorables, verdadera sanidad. Sin negar lo primero, por supuesto.

Lo cierto es que todos nacemos en el sitio correcto, cada ser humano es un sabio, todos venimos a dar y a enseñar, así como a aprender de otros. La idea es andar esa ruta de transformación sin apegos, modificando creencias cada vez, liberándonos de las que no nos permiten crecer y madurar, avanzar. 

Hay muchos recursos para sanar y evolucionar en estos temas. Los análisis hipnóticos, por ejemplo, limpian el camino, mejor aún, lo clarifican, porque es mejor saber que no saber, o vivir con incertidumbre sin saber de dónde viene ese miedo, esa fobia, ese sufrimiento que nos carcome. 

Ocultar la historia familiar no ayuda, entorpece la labor de limpieza y evolución del linaje. Pero agradecer las memorias y esclarecerlas es el camino para alcanzar la plenitud que le permitirá a ese árbol genealógico crecer con raíces fuertes y profundas que dirija al mismo tiempo sus ramas en dirección a la luz del sol.

4. El agradecimiento sana

Agradecer a nuestros antepasados toda la herencia que nos dejaron porque gracias a ellos tenemos vida, es sabiduría. Venimos de la línea de personas que hicieron lo que pudieron con los recursos que tenían, no podemos culparlos por sus padecimientos, carencias morales, espirituales, emocionales y materiales. No podemos juzgarlos porque no sabemos todo por lo que tuvieron que pasar, ellos también fueron el resultado de generaciones anteriores, lo importante es que cada uno en el árbol genealógico y de acuerdo con el rol que vino a desempeñar, lo está haciendo mejor cada vez.

Aunque no los hayamos conocido ahí está su esencia, en nuestra propia sangre, ellos fueron el puente para que pudiéramos atravesar las barreras y llegar a este mundo para experimentarlo y disfrutarlo. Somos lo que somos porque ellos se atrevieron a dejar descendencia a pesar de toda la adversidad y nos alumbraron con amor. Difícilmente se trae un hijo al mundo si no es por amor, o por lo menos con la esperanza de que con cada brote todo va a estar mejor.

Seríamos una mejor sociedad si a nivel de las relaciones familiares procurásemos la sanación. Los psiquiatras han trabajado durante años estas conexiones familiares a través de la regresión con el fin de darle explicación a acontecimientos y a conductas muy arraigadas que tienen su razón de ser en el pasado histórico familiar. 

No estamos separados, no estamos solos, no podemos negarnos, estamos entrelazados. La ayuda y el socorro tendrá más provecho si se brinda en familia. Esto es sabiduría ancestral, tenemos una realidad que asumir y es darles valor a nuestros orígenes, a nuestras raíces. 

Un árbol puede estar lleno de sabiduría, pero a ese mismo árbol se le caerán las hojas secas algún día o cada cierto tiempo. Caerán a la tierra para nutrir al mismo árbol, para que vuelva a renacer más fortalecido y lleno de frutos. Este proceso servirá para alimentar a las generaciones venideras con bondad y bendición.